La entrada de la gobernadora de Alaska, Sarah Palin, en la fiesta electoral americana ha deparado en poco tiempo numerosos hitos de comunicación, pública en general y política en particular. A mi me llaman la atención dos de ellos, del primer momento, que considero muy significativos.
De una parte el caso del embarazo de su hija de 17 años. Cuando gran parte de la prensa entra en el asunto no sólo se está produciendo un caso de delimitación de lo público y lo privado: en el gran circo americano eso sólo es materia para los inocentes y para los tertulianos políticamente correctos; cuando la prensa, masivamente, se ocupa del caso de la hija embarazada de la candidata lo que se está produciendo sobre todo es un fenómeno extraordinario en el mundo de la comunicación política mediante el cual una candidata que no era ni de lejos conocida por los votantes se convierte en un nombre, un rostro y una opción conocida por un porcentaje abrumador de ciudadanos, especialmente por los desinteresados de las cosas políticas, que suponen una enormidad de votos.
Una incalculable cantidad de centímetros cuadrados en la prensa, miles y miles de minutos en las televisiones, millones de entradas en Internet en pocos días… Luego la campaña se encargará de poner las cosas en su sitio, lo que es cosa fácil: ¿quien va a censurar que “nuestra hija se vea obligada a madurar mas deprisa de lo que su padre y yo habíamos previsto?…
En materia de comunicación, la pregunta es: ¿quien soltó tan eficaz liebre?. Desde luego, el tan beneficioso (demoscópicamente) asunto tiene enjundia. Inteligentzia, tal vez.
En segundo lugar, me parece significativa la táctica de rearme moral y la creación del icono Palin. De débil victima de las circunstancias a dama de hierro, mediando solamente el momento de su designación oficial como candidata a la vicepresidencia de los USA. El arranque ha sido un torbellino con el que la inteligencia republicana ha demostrado que es capaz de calentar la campaña y colocar sus emblemas en la línea de cabecera: marcar la agenda, vamos.
En su discurso de Minnesota, punto de partida, Sarah Palin convocó a las conciencias de la norteamérica esencial y provocó de una tacada a los grupos de presión capitalinos y a los medios de comunicación y sus reporteros.
“He aprendido estos últimos días que si no se está en buena sintonía con la élite de Washington, entonces algunos en los medios consideran que no se está cualificado [para aspirar a la vicepresidencia] por esa sola razón”, dijo con toda su ironía. Y atacó, provocando: “Pero aquí les tengo una pequeña noticia a esos reporteros y comentaristas: no voy a Washington a buscar su opinión positiva. Voy a servir al pueblo de este país”.
No sé cuantos políticos españoles se atreverían a decirle a los periodistas al inicio de una campaña electoral que su opinión les importa un bledo, que digan lo que quieran de ellos. Conozco a muchos y la mayoría se desayunan con una prensa que cada día logra meterles el gol y marcarles la agenda de su mandato punto por punto; especialmente en el ámbito local y regional, pero no sólo.
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Advertencia: No acostumbro a tomar ejemplos del sistema electoral americano, salvo los que tienen que ver con las técnicas de marketing político y con la construcción de la opinión pública y las maquinaciones de los dueños del poder. Tampoco considero ejemplares a sus políticos. En ningún sentido. Como me interesa cuidar mi imagen, quiero dejar claro que esta NOTA de mi CUADERNO tiene que ver sólo con la fenomenología de la cosa.











